LA MOMIA DE SAN FERNANDO


El pasado sábado 30 de mayo, con la pompa y circunstancia debidas, la urna de San Fernando en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, se descubría a las 8 en punto de la mañana. 

A continuación se celebraría la misa que tradicionalmente se llama “de tropa”, por el protagonismo simbólico castrense al formar delante del altar una guardia militar.

De primeras horas de la mañana y hasta el mediodía se repetía una vez más el ritual de poder ver los restos de Fernando III el Santo, al que muchos sevillanos llaman cariñosamente la momia y otros dicen de él, que es el más vivo de los muertos que hay en la ciudad.

Ver la momia de San Fernando es una verdadera experiencia, que forma parte de esa Sevilla oculta a los ojos de turista, y que nos sirve para reconocer que aquellos despojos son recuerdo de apasionantes momentos de nuestra Historia.


Fernando III de Castilla era hijo de doña Berenguela, reina de Castilla y de don Alfonso IX, rey de León. Y muchos años antes de que subiera a los altares los sevillanos ya lo llamaban Santo. 

Durante su reinado reconquistó el Reino de Jaén, el Reino de Córdoba, el Reino de Sevilla, Extremadura, Murcia… Reinó treinta y cinco años en Castilla y veinte en León y, como afirman las antiguas crónicas, fue valeroso en la batalla, moderado en la paz, piadoso con Dios y justo con los hombres.

Cuentan que al sentirse morir abandonó el lecho, se postró en tierra, sobre un montón de cenizas y allí recibió los últimos sacramentos. Entonces rodeado de la reina y de sus hijos se despidió de todos los presentes, pidiendo que lo perdonasen por alguna ofensa involuntaria. Alzó hacia el cielo la vela encendida que sostenía en las manos, la reverenció como símbolo del Espíritu Santo y murió entre los cantos del Te Deum.


Tres días después de su muerte Fernando III recibió sepultura en la Catedral de Sevilla, como había dispuesto en su testamento, al pie de la imagen de su Virgen de los Reyes, en una sepultura sin ornatos.

No obstante, tras la muerte del Rey, su hijo Alfonso X “el Sabio” ordenó realizar los mausoleos de sus padres, revestidos de plata, y las efigies sedentes que los representaban, recubiertas de metales y piedras preciosas, contraviniendo sus deseos testamentarios.


Con el paso del tiempo las piedras preciosas se fueron perdiendo y cuando Fernando III fue canonizado en el año 1671, la imagen sedente del rey y su sepulcro, del siglo XIII, serían sustituido por su actual urna barroca de plata.

Escribe el maestro Antonio Burgos que el día que murió San Fernando, un 30 de mayo de 1252, olían como nunca los jardines del Alcázar sevillano, que fue enterrado entre ricas telas arábigo-andaluzas, y que en su tumba pusieron un epitafio en todas las lenguas de aquellas culturas que entonces allí se hablaban.

Cuatro siglos después, tres orfebres tardarían más de cuarenta años en cincelar con plata de América el sepulcro que guardan sus restos como sagradas reliquias. Un sepulcro en el que muchos creen ver hoy, en un cruce de espadas, filigrana y corona, el escudo del Real Betis Balompié…


Pues San Fernando además de santo y de guerrero, como dice Antonio Burgos, sería bético de confesión futbolística, ya que de esa forma, como tantos otro sevillanos de adopción, afirmaría aún mejor su auténtica sevillanía.

Y es que sin duda, a San Fernando, soldado, músico y poeta, le pega más haber sido del Betis, que del Sevilla.



A mi hijo Salva y a todos los béticos
por la inmensa alegría de haber vuelto 
a ser un equipo de Primera…

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