“Seguro que a ELLA no le dirás que no...”


Fue lo que le dijo el maestro Font y Fernández de la Herranz  a su hijo Manuel Font de Anta al preguntarle si estaría dispuesto a componer una marcha para la Santísima Virgen de la Amargura. Así nació la más impresionante marcha procesional fúnebre de Semana Santa, la que por suavizar el dolor, la angustia amarga de una Dolorosa, se ha convertido con el paso del tiempo en el más bello poema musical cofrade.

Font de Anta, el insigne músico, vinculado, enraizado en la vida de su hermandad de la Amargura, no pudo decir que no. Como tampoco lo pude hacer yo a mi sentir cofrade cuando pedí a la actual junta de gobierno que me permitiera  tallar para los míos una nueva imagen de Virgen.

Es un día de noviembre, la sevillana calle Castellar, en una casa antigua y algo destartalada, se concentran numerosos artesanos que contra los vientos y las mareas, continúan un trabajo tradicional y secular. Allí, en uno de los talleres del complicado edificio, un tallista, Paco Bailac da forma a un torso y a un candelero de cedro. Con Juan Manuel Miñarro, mi maestro,  asomé por la puerta; llevaba una cabeza que empecé a tallar en mi imaginación hace más de diez años. Entonces, trabajaba con él en la calle Jímios, y la soñaba llorosa y seria, mitad sevillana, mitad granadina. Ora al cabo de tanto tiempo, después de tanta veces de hablar de ella, se presentó la ocasión de hacerla verdad.

La construcción de la Capilla del Huerto en la Parroquia Mayor de Cabra es, sin duda, uno de los más importantes logros de nuestra Cofradía en sus últimos veinticinco años. Esta hermosísima realidad de la que el extraordinario Misterio de Cristo y sus Apóstoles durmientes es su gran protagonista, no estaría completa hasta que de su patrimonio también formara parte la imagen singular de la Señora, que yo tenía en mi mente.


Al saber de mi maestro que con su atentos consejos enseñó a un aprendiz de imaginero,  agradezco el magisterio de una técnica compleja, a la que yo añadí lo fácil, corazón y sentimiento. Pero nada de esto  hubiera sido posible sin el entusiasmo vivaz de  jóvenes cofrades, que al calor de mi solicitud se dispusieron a trabajar decididamente para que no le faltara a la Madre los mejores ornamentos.

En  la misma calle Castellar comentada, casa abajo, Manuel de los Ríos cinceló una corona de plata digna de la mejor Dolorosa. Y en la cercana Córdoba cofrade, un exquisito bordador, Antonio Villar, llenaba de hilos de oro, a realce, una magnífica saya de terciopelo del color de la pena.

Juntos, entre todos, hemos hecho  este “milagro”. El prodigio de crear la mejor imagen de la Virgen de la Aurora,  para devoción y culto de todos los que nos llamamos cofrades del Huerto. Luego, algún día, cuando sea, cuando Dios lo quiera, la veremos caminar silente, arrastrando su dolor por entre las columnas y el aire claustral de la Parroquia Mayor,  acompañando a su Hijo, nuestro Señor de las Penas, ambos bajo el celeste del Domingo de Ramos, con sus calladas y sufridas hermosuras, hablándonos en un diálogo eterno.

Entonces..., zaguanes y cancelas, naranjos y palmeras, extasiadas calles penitenciales, contemplarán ese infinito instante, y será tu Paso, Madre mía de la Aurora, cabo de miradas, espejo de ansiedades y tras de Tí, un rosario de promesas renovadas... Y en el aire, el perfume de nubes de incienso, cera, azahar, oraciones, voces de capataz, susurros costaleros, plegarias musicales, recuerdos, vivencias... y por encima de todo, fe y amor unidos.

 Salvador Guzmán Moral

Publicado en el Boletín GETSEMANÍ, núm. 19. Noviembre, 1996.

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